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sábado, noviembre 18, 2006

Última cita a las 4 am - Parte IV

“Ahora pues. Ahí te quiero ver. Tu que tanto dices que puedes tomar decisiones y decidir cuando estar triste o no. ¡A ver pues papay! ¡Instruye! ¡Aplica!”

¿Cómo decirle que no a aquella que considerabas el primer gran amor de tu vida? ¿Hay alguna forma de decirle adiós? Pues claro que la hay y es muy sencillo. Una simple conversación y se enfrenta las cosas.

¿Esperaban un “pero”? No hay ningún “pero”. La decisión estaba ya tomada.

- ¡Eres un idiota! – me gritó como si tuviera aún (como que sí lo tenía) algún derecho sobre mi. - ¡No se por qué te quiero tanto, si eres un tremendo pavazo!

Adopté mi rol por naturaleza: el perfecto imbécil. Hasta ahora es increíble cómo se me hace tan fácil trocar hacia el. Es mi bunker… ahí nadie me puede hacer daño. Al entrar, estoy en mi propio mundo, donde todo es perfecto. El silencio me arrulla y el frío me sobrecoge. Este caparazón me genera hipotermia… después no siento nada.

- ¿Por qué crees que te llamo todas las noches?
- No se … será para que tengas algo en qué gastar tu plata. – le dije sarcásticamente – Yo no he pedido que me llames.

Estando a un mar de distancia aún podía sentirla. Estaba enojada. ¡Claro que lo estaba, si estaba perdiendo algo que ella consideraba suyo! En su mente ninfomáticamente retorcida para ella yo seguía siendo su madriguera personal, aquel hueco al que siempre regresa. Moraleja #1: No te entregues enteramente hacia tu pareja. Instintivamente te dominará.

Pero en este tira y afloja de su sentimiento de propiedad y mis deseos emancipadores, ella aflojó la marca y alumbró mi camino de salida.

- ¡Mierda, huevón! ¡Te llamo porque aún te amo!

Escuchar esas dos palabras hicieron que broten las dos primeras lágrimas. Otra vez volvía a llorar por ella, así como lo hice en las innumerables veces que ella había destrozado mi corazón al irse con otro. No hay caso. Esta era una lucha en desventaja… ella y mi corazón contra mi cerebro racional.

- Tu no me amas, Paula. Para ti yo sigo siendo tu capricho.
- No puedes decir que ya no sientes nada por mi – intentó argumentarme. – Conozco cómo razonas. Conozco cómo quieres.

Hizo una breve pausa, para reagrupar sus pensamientos. Por cinco segundos pude escuchar que ella también había comenzado a llorar. Al otro lado, quizá estando en su dormitorio, se escuchaba los ronquidos de su esposo. Ella deja el teléfono por un momento y logré escuchar un pequeño diálogo entre los nuevos cónyuges.

- ¿Por qué lloras? – le dijo él, en perfecto tono chapetón.
- No, amor. Estoy hablando con mi hermana en Zagreb.

Si hay algo que sé muy bien de Paula es que las mentiras no son su fuerte. Cuando miente, ella tuerce un poco su boca hacia el lado izquierdo, dejando ver en su mejilla un hoyuelo que le dejó su papá cuando era una nena. Luego, inclina la cabeza hacia el lado derecho un poco y arquea la ceja izquierda más de lo normal. Su voz se hace más delgada y fina. Usualmente, también cruza la pierna y se toma el cabello. ¿ Se nota que la conozco bien?

- No te creo. Con tal que no estés hablando con ese peruano de mierda que me tiene cojonudo con esas llamadas en la noche…

Clack. Teléfono cortado. Celular apagado. Buenas noches los pastores en esta parte del mundo. No me iba a arriesgar a meterme en camisa de once varas. Paula estaba casada hacía menos de dos semanas. Eran ya los últimos días de diciembre.

2 comentarios:

carmendelly dijo...

Si tienes razon, cuanod la cosa se convierte en "tu eres mi objeto personal" entnoces no es amor... pero duele igual.. cual es la linea divisoria?

es como la linea divisoria entre la razon y la locura..

Christian Manrique dijo...

pues ni creas, doña... lo jodido es y seguirá siendo el "¿que voy a hacer después?". si quieres, lo haces. si no quieres no. pero eso es algo implícito.

la mediocridad inherente te hace quedarte en esta revolcadera de la inmundicia que es el estar triste.

y no hay ninguna linea divisoria definida para todos. uno decide hasta donde se respeta.